Hacia el final de su vida, Einstein le confió esto a un amigo:

«La exagerada estima que se tiene a mi trabajo me hace sentir muy mal. Me siento obligado a pensar en mí mismo como en un estafador involuntario».

¿Por qué empezar con el mejor físico de la historia? Porque se han escrito miles de páginas sobre emprender, desde un montón de perspectivas y, sin embargo, hay algo de lo que apenas se habla.

Emprender es, sobre todo, un juego mental.

Pero eso se ignora o, cuando se toca, se hace de una manera nociva, con esa mentalidad errónea de empuje constante, esa repetición de mitos como que los emprendedores son creativos, aman el riesgo, nunca abandonan o tonterías similares.

Emprender es un viaje donde la incertidumbre (lo que más tememos) se sienta en el lugar del copiloto y nunca se va. Donde la presión es brutal, porque tu subsistencia y la de otros depende de que salga bien. Donde te sientes demasiado solo ante decisiones demasiado importantes.

Y uno de los aspectos fundamentales de ese juego (de salud) mental es lo que Einstein dijo a su amigo: El síndrome del impostor.

Esa creencia de que haces sin tener mucha idea, de que, en cualquier momento, alguien te descubrirá y todos se darán cuenta de que eras un fraude.

Si esa sensación nos acompaña a veces o nos hace sudar un poco, comprendamos dos cosas fundamentales:

  • Es normal y sano.
  • No estamos solos.

De hecho, estamos en la mejor compañía, con Einstein o la escritora Maya Angelou cuando dijo: «He escrito once libros, pero cada vez pienso: Uh, oh, me van a descubrir, he engañado a todos y me van a descubrir».

El origen del síndrome del impostor

Este concepto apareció en 1978, con los estudios de las doctoras Pauline Clance y Suzanne Imes. En ellos, se albergaba la creencia de que afectaba solo a mujeres, pero nada más lejos de la realidad. En los años 80 se empezó a estudiar más a fondo, descubriendo algo muy interesante:

  • Nos afecta a casi todos (se estima que el 70% sufrirá esas sensaciones al menos una vez).
  • Paradójicamente, afecta más a los más preparados. Es decir, a los que, en teoría, menos deberían sentir que no saben muy bien qué están haciendo.

Esto último, en realidad, no es paradójico. Como dijo el escritor Charles Bukowski, el problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas y los estúpidos llenos de confianza.

Lo hemos visto en todo su esplendor durante la pandemia.

Al fin y al cabo, cuando uno sabe sobre un tema, y ese tema es mínimamente complejo, como emprender, también se da cuenta de lo mucho que le queda por saber y lo complicado que es el mundo real.

Los que no tienen ni idea, creen que pueden resolver todo en un segundo, sin quitarse el palillo de la boca, ni moverse de la barra del bar.

Cómo gestionar el síndrome del impostor

Para empezar, comprendamos lo más importante:

Es normal que, como emprendedores, tengamos ese síndrome del impostor, probablemente, más que el resto. Emprender supone hacer un montón de cosas muy difíciles para las que no nos preparan: vender, negociar, administrar, saber de producto, marketing, recursos humanos… Supone tomar decisiones sin apenas datos y abrir nuestro propio camino en la espesura, a machetazos, porque no hay un sendero marcado.

Para seguir, tengamos en cuenta esto:

Sufrir de síndrome del impostor es positivo. En serio. Probablemente, es un signo de que estamos mejor preparados que muchos.

Me fascina y me parte el corazón que, si alguna vez se habla de este tema, se transmita que la gestión del síndrome del impostor consiste en eliminarlo, como siempre, con 5 sencillos pasos o 3 tácticas infalibles.

Esos artículos no sirven para nada, no entienden el tema e instalan otra noción aún más negativa que la del impostor, el hecho de que haya que erradicarlo.

Porque recordemos quiénes no sufren ese síndrome: los menos preparados, los inconscientes, los cuñados que ignoran lo mucho que ignoran.

Eliminar el síndrome del impostor supone convertirnos en uno de ellos.

El lado positivo del síndrome del impostor

El síndrome del impostor no está para ser erradicado, sino para ser escuchado.

Es una clase de miedo y gestionarlo implica aceptarlo, aceptar que somos humanos con limitaciones, hacerle espacio, escucharle sin apego y, después de todo eso, actuar en su presencia de todas formas.

Reconocer al síndrome del impostor como lo que es, algo positivo en el fondo, hace que pierda parte de su poder paralizante y nos ayude:

  • Manteniéndonos humildes.
  • Manteniéndonos alerta, obligándonos a pensar bien las cosas.
  • Espoleándonos, aunque sea con el miedo, a realizar un trabajo superior, a esforzarnos y ser mejores. Nos protege de la vergüenza de sacar a la luz algo mediocre y salva al mundo de otro producto innecesario, de otra moto que no funciona, pero se vende.

Igual que Maya Angelou, no queremos que nos descubran y eso está bien, porque al sentirnos unos impostores, pondremos toda la carne en el asador para que no sea así y, gracias a eso, haremos mejor trabajo que los que no dudan nunca.

A pesar de todos estos años, me sigo sintiendo un impostor. Y eso es bueno, porque me obliga a mejorar, a no dejar de aprender, a respetar los temas complejos. A tratar de hacer el mejor trabajo que puedo y comprender que nada importante resulta fácil.