Qué drama para el título, pero es lo que hay. Y nunca he hecho esto, compartir historias así, pero es que esa fue la primera lección sobre negocios que recibí y se me quedó grabada para siempre.

Y apenas tendría unos diez u once años.

Mi padre se pasó toda la vida conduciendo camiones primero y autobuses después. Antes que eso, de niño cuidaba una casa solariega con lo que hiciera falta y cargó troncos con 13 años. Le provocó cicatrices como cráteres en los hombros. Mi padre se levantaba de noche y volvía de noche. Trabajó más que nadie y no se hizo rico.

Eso me enseñó que el trabajo duro no es lo único que hace falta. Que, de hecho, como bien han corroborado los estudios y los números aunque no se quiera (o no convenga reconocerlo) apenas tiene relación con el éxito.

Pero esta no es la principal lección.

El peligro de los buenos deseos

Un día, mi padre volvió a casa con una cierta ilusión. Le dijo a mi madre que vendería el coche y se compraría una pequeña furgoneta, una Citroen C15 blanca, la recuerdo bien. En sus pocos ratos libres, mi padre había visto una pequeña oportunidad de negocio llevando y trayendo paquetes.

Conocidos y amigos a los que había comentado la idea le habían dicho que era muy buena, que tuviera por seguro que, cuando necesitaran algo así, le llamarían a él. Otro conductor de su empresa le dijo que él hacía lo mismo en los ratos libres y se ganaba un dinerillo extra.

Mi padre pensó que era su oportunidad, quizá incluso podría crecer y dejar de someterse a los terribles horarios del autobús, yendo a pueblos lejanos por carreteras secundarias. Cumplidor como ninguno, con todo el mundo a su alrededor animando a que se lanzara, vendió el coche, compró la furgoneta y a mí me gustaba ir detrás.

Me gustó brevemente.

Porque ocurrió lo que he visto una y otra vez con infinidad de emprendedores con los que he trabajado.

De pronto, todos esos que le animaron y aplaudieron no le «compraban».

Todas esas promesas de contaré contigo, todos esos castillos en el aire…

De vez en cuando trajo algo y llevó otra cosa. Pero era un goteo agónico, dejar el poco rato libre que tenía para ir con sólo un paquete a cobrar unas pesetas (eran otros tiempos). Casi que no cubrían la gasolina y, ni mucho menos, su esfuerzo y el dejar a su familia en los pocos ratos que le permitía su trabajo.

Una tarde de verano, yo jugaba al otro lado de la casa y en la pequeña sala de estar escuché sollozar a mi padre, sólo le he visto hacerlo dos veces en la vida y una fue esa. Confesaba su fracaso a mi madre y no entendía por qué, cuando todo parecía a su favor, se torció.

Sobre todo, no entendía dónde estaban todos esos conocidos ahora, los que le animaron y le dijeron que qué buena idea. No entendió algunas de las cosas más básicas que todo emprendedor debería saber antes siquiera de plantearse su idea de negocio:

  • Que los aplausos no se traducen en compras. Aplaudirte y animarte es muy fácil, no cuesta nada. Darte dinero es otro tema muy diferente.
  • Que la gente te va a «mentir» bienintencionadamente sobre tu idea de negocio. Porque decir a un conocido o amigo que no, es incómodo. Es mucho mejor decir que te parece genial, dar una palmada en la espalda y que ese amigo siga su curso, que a lo mejor tiene suerte. No quieres ser el aguafiestas, ni el pesimista, como a lo mejor yo lo estoy siendo para algunos. Así que dejas que tu amigo siga caminando alegremente, incluso hacia el barranco. Nadie quiere ser el malo de la película, cuando en realidad serías el bueno, pero no te lo reconocerían, que es lo que importa.
  • Que sondear a amigos y conocidos es la peor técnica de análisis de mercado y oportunidades.
  • Que, de hecho, los amigos y conocidos, aquellos que te quieren más, son los que peores ideas y consejos te van a dar en lo que se refiere a negocios.
  • Que mejor molestarse un poco al principio por culpa de la verdad, que llorar después.

Fui a ver qué pasaba, pero mi madre salió a mi encuentro, dijo que no ocurría nada y no me dejó pasar a la sala de estar. «Vete a jugar a tu habitación, Isaac».

Pero me quedé cerca y oí todo lo que he contado.

Cuidado con la ilusión y las buenas palabras

Las piezas de lo que ocurría tardaron años en encajar. De hecho, alguna vez tuve que cometer los mismos errores que mi padre para que me quedaran claras esas lecciones de negocio.

Mi padre vendió la furgoneta, perdió dinero, compró un Renault 5. Se iba más cómodo detrás, aunque no me gustara tanto.

Comprendería que alguien, con la ilusión de emprender, o ya de lleno en ello, cerrara esto porque esto no es precisamente lo que uno quiere escuchar. Sobre todo, ocurrirá si se está en la ilusionante fase inicial de las ideas, planes en la cabeza y castillos en el aire.

Planificar en la imaginación es fácil y agradable, allí nada sale mal, al contrario que en el trabajo diario necesario.

De eso se aprovechan los que primero venden humo y luego cuentan billetes. Y cuando sus asesorados fracasan, alegan los tópicos mentirosos y culpabilizadores de siempre: no trabajaron suficiente, no tenían motivación o a saber qué, porque excusas no faltan.

Esto no significa que emprender no vaya a ser una de las cosas más gratificantes que uno puede hacer. Yo no lo cambiaría, pero me cuido de lo que suena bien y de los amigos.

Los amigos son lo mejor que hay en muchos sentidos, pero no en los negocios.