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El 90% de los problemas de la empresa son una cuestión de…
Aprovecho la languidez del verano y la ola de calor para otro de esos temas que producirá un puñado de bajas, como en su día me costaron un puñado de clientes.
Supongo que es una buena manera de cerrar otro curso y tomar ese mes de descanso habitual en agosto para este boletín, igual que hice el año pasado. Hasta la vuelta en septiembre, he aquí esta reflexión.
El otro día hablaba con un amigo emprendedor que va a abrir un restaurante y se quejaba de algo que quizá haya oído bastante últimamente, tenía problemas para encontrar personal, porque: «Nadie quiere trabajar ya».
Esa frase se ha repetido constantemente desde que se creó la primera empresa si vamos a la hemeroteca. Y, nos guste o no, la frase completa es que nadie quiere trabajar por un sueldo insuficiente, con una parte en negro, ocupa más horas que las legales y ni siquiera cubre el alquiler.
Nosotros tampoco aceptaríamos ese trato, seamos honestos.
El mercado de trabajo es como los demás y toca pagar su precio, los mercados no tienen misericordia. No podemos pretender ir con 5.000 euros a un concesionario, que no consigamos comprar un coche nuevo y que la conclusión sea: «Nadie quiere vender coches ya».
- Debemos aceptar la responsabilidad personal que supone emprender.
- Debemos afrontar que, por duro que sea, el 90% de los problemas de una empresa son problemas de gestión.
Pero claro, esa mentalidad pone el foco de vuelta en nosotros.
Pregunté por qué no podía pagar más y la respuesta fue que la reforma del local se había eternizado, agotando el capital.
Bueno, ese es un problema de gestión: No se calcularon bien las necesidades de financiación durante la fase de plan de negocio, contemplando un colchón suficiente. Había que conseguir más, recalcular márgenes y revisar previsiones para encajar todo. Porque podíamos construir las narrativas que quisiéramos para no afrontar eso, pero es la realidad.
Y si la rentabilidad de un negocio depende de precariedad, legalidad dudosa e ir a salto de mata, entonces no es una iniciativa rentable.
Dejé de asesorar emprendedores hace bastante, porque les entiendo y he estado ahí muchas veces y duele ver que las cosas no salen, pero debemos tener el coraje de afrontar la verdad. Para mí no era un trago fácil decirla y me quemaba demasiado. Muchos me miraban como si les hubiera mentado a la madre al decir que, en general, casi todos los problemas de un negocio son problemas de gestión y había que encontrar dónde estaba realmente.
Pero muchas empresas insisten en arreglar la bombilla fundida probando todo, excepto cambiar la bombilla.
Gestionar es conseguir recursos, elegir los adecuados en la dimensión correcta y colocarlos en el lugar idóneo. Esos recursos pueden ser dinero, talento, producto, materia prima o lo que sea, y esa gestión puede ser de producción, personal, marketing o lo que sea. Cuando algo no va bien en una empresa, es porque ese proceso general ha fallado en algún sitio.
El problema de la responsabilidad personal
«No tenemos clientes» era otra frase habitual que escuchaba, la competencia apretaba con precios demasiado bajos o los clientes no veían que su producto era mejor, de nuevo las culpas fuera. Y entonces mirabas el marketing y ni rastro. «Es que no hay dinero para marketing». Vale, pero, si no hay dinero para lo más importante (pues el marketing es lo que trae clientes), ¿para qué lo hay?
«Los vendedores no son buenos». ¿Has contratado a los adecuados? ¿Los has formado? ¿El plan de incentivos incentiva o desmoraliza? Problema de gestión de recursos humanos.
La noción de que, excepto causas de fuerza mayor (pandemias, guerras, eventos inesperados, enfermedad…), casi todo es un problema de gestión en una empresa, tiene un lado positivo y otro muy negativo.
El positivo es que, al fin y al cabo, tenemos cierto control y siempre podemos hacer algo, aunque signifique, en algunos casos, cerrar para seguir intentándolo de otra forma o pivotar para encontrar otro camino por el que llegar adonde queremos.
El negativo es que somos humanos y nos negamos a aceptar que, cuando las cosas van mal, tengamos responsabilidad.
A mí me pasa como al que más, no me las voy a dar de digno, porque he entonado esas lamentaciones de antes y peores. Es fácil hablar (escribir) cuando no estás en medio de marrones. Pero, tarde o temprano, debemos madurar en esto de emprender, o nos comen los que sí entienden el juego y no tienen miedo de cambiar la bombilla fundida, incluso cuando aún está caliente.
Está muy bien quejarse de que demasiados trámites ahogan, de que hay muchos impuestos, la gente no quiere trabajar, los clientes no se enteran o lo que sea, echándole la culpa al campo de juego de que no anotamos goles. Es psicológicamente sano y tiene su papel. Pero, independientemente de que sea cierto o no, la realidad es que muchas empresas juegan en ese mismo campo y marcan todos los días.
Algunas, con un rendimiento espectacular.
Al final, me he encontrado demasiados emprendedores que querían crear la nueva Google, pero con becarios. Eso también es terriblemente común e imposible en el mundo real.
Mi amigo del restaurante se marchó descontento, pero es mi amigo. Podía darle consuelo moral y que siguiera corriendo hacia el barranco, o revisar esas necesidades de financiación y plazos.
Cuando era consultor a sueldo, me dijeron varias veces que lo único que hacía era decir cosas de sentido común. Exactamente, porque, junto con la empatía, ese sentido común es lo primero que salta por la ventana cuando emprendes. Se debe a que, como suelo insistir, este es un juego fundamentalmente emocional, lo queramos aceptar o no.