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Cómo cumplir los objetivos este año
Vuelve el boletín semanal para emprendedores y es época de buenos propósitos y nuevos comienzos. Y, aunque creo que llevamos más cuidado poniendo esperanzas en el año, a tenor de cómo están siendo los últimos, es inevitable marcarse objetivos y pensar que, quizá, esta vez sí se cumplan.
Casi siempre aprovechaba el principio de año para compartir con mis clientes lo que se había comprobado que funciona para no dejar en la cuneta de febrero los buenos propósitos de enero, pero ya no lo hago.
Y no porque crea que esas técnicas no sirven, sino porque no me parecen lo más importante, ni el fondo de la verdadera cuestión a plantearse.
Además, ya debe haber cuatro mil artículos con recomendaciones sobre cómo hacer realidad los buenos propósitos. Y serán olvidables sin marcar ninguna diferencia.
Porque todo depende, en realidad, de responder a una sola pregunta fundamental.
La decisión más importante a tomar
Esa decisión es: ¿Qué vamos a hacer con el escaso tiempo que se nos ha dado?
Eso es lo único que importa y, hasta que no nos comprometemos con esa decisión, todo lo demás da igual: las tácticas, las estrategias, lo que los estudios hayan comprobado que funciona…
De hecho, esas técnicas y sistemas de productividad, para los que tenemos una personalidad abocada a la creación y el perfeccionismo, como suele pasar en los emprendedores, resultan un problema más que una ayuda.
Cada comienzo de año, o casi cada día en realidad, nuestros planes son infinitos. Queremos hacer mil cosas, el cajón ya no se cierra a causa de todas las ideas que tenemos dentro y deseamos materializar.
Pero no hay tiempo para todas, esa es la dura verdad. Y, para evitar enfrentarnos y reconocer eso, nos refugiamos en técnicas y sistemas de productividad, creyendo que habrá alguno que sí nos permitirá lograr todo lo que deseamos, sin renunciar a nada.
Eso no existe, nos hemos pasado la vida buscándolo, pero de veras que no existe porque la productividad no suele ser un problema de sistemas, aplicaciones de software o desconocimiento de estrategias.
Ningún sistema y ninguna técnica nos va a permitir hacer todo, así que hemos de aceptar que somos limitados, tragarnos ese sapo y decidir. Eso supone renunciar, una de las cosas más difíciles para personalidades como la nuestra.
El asno de Buridan
Es posible que muchos conozcan esa fábula, la del burro que siente sed y hambre y tiene el agua en un lado y el heno al otro, exactamente a la misma distancia. Así que el burro no sabe si beber primero o comer primero y, cuando va hacia un lado, entonces duda y vuelve hacia el otro, pero se arrepiente y así se pasa el tiempo.
Al final, el asno muere de indecisión sin haber comido ni bebido y muchos somos el burro de Buridan con las mil cosas que queremos hacer. Vamos de una a otra, pero sin terminar nada, sin el compromiso que hace falta para sacar adelante lo complicado.
Amamos nuestras mil ideas constantes, ¿cómo vamos a abandonarlas? Se supone que no le haces eso a lo que quieres.
Por eso, decidir en qué vamos a emplear nuestro escaso tiempo es tan difícil. No porque no tengamos una respuesta, sino porque solemos guardar mil en la recámara.
Al final, esas técnicas de productividad son un refugio en el que escondernos de la decisión importante. Creemos en el cuento de que nos permitirán evitarla, de que, si trabajamos de cierta manera o usando no sé qué técnica, por fin podremos con todo.
Pero no.
Somos seres limitados y no solo en tiempo. De hecho, el tiempo, en muchas ocasiones, no es lo determinante. Es la energía, porque la productividad personal es una cuestión de energía.
Los que mejor lo hacen, la gestionan correctamente y se aseguran de tenerla siempre para eso que han decidido que es más importante. La cuidan, la protegen de los demás y sus agendas, la recuperan comprendiendo que el descanso es más importante incluso que el trabajo. Porque como pasa con el ejercicio, el músculo se genera en reposo y la energía necesaria para ser productivos, también.
Hasta que no tengamos una respuesta clara, todo lo demás no servirá. No debemos confundir cualquier movimiento con acción. De lo contrario, volveremos a caer en la horrible trampa de cada año: estar siempre ocupados y sentir que no avanzamos.
Ese es un purgatorio horrible y responder a la pregunta importante da miedo y hace surgir otras muchas: ¿Y si me equivoco en la apuesta? ¿Y si no sale bien? ¿Y si luego no es lo que quiero hacer?
Yo mismo me las hago y entiendo que no hay otro camino, excepto la inseguridad. Pero de veras que, a pesar del miedo, lo único que he vivido con certeza es que, hasta que no respondamos, aunque sea de manera imperfecta, lo demás no solucionará nada.