Entre la teoría y la práctica hay un abismo de diferencia, especialmente cuando se trata de emprender. Y una de las cosas de las que antes nos damos cuenta es de que el traje del emprendedor no lleva corbata, sino que es de bombero, porque nos vamos a pasar el día apagando incendios.

Es la naturaleza de la bestia. Uno de los principales desafíos al emprender es que mil cosas nos ocuparán y los proyectos importantes seguirán ahí.

El mayor enemigo será interno en forma de procrastinación, dejando para luego lo importante, y externo en las mil pequeñas mierdas cosas constantes que nos asediarán: emails, reuniones, viajes, imprevistos y la maldita manía que tienen las cosas de no funcionar a la primera y precisar más tiempo del que pensábamos.

En definitiva, emprender es sentirse desbordado.

Pero no lo digo para desalentar, al contrario. Es para dejar claro que, si eso sucede, no somos un fracaso, sino una persona. Todas esas imágenes de gente sonriendo en una playa con el portátil son mentira.

A esa sensación de que nunca llegamos contribuye el hecho de que ser emprendedor implica, en muchos casos, que sobra ilusión, pero faltan medios (esa podría ser otra definición de emprender si la buscas en el diccionario). Debemos ser hombres y mujeres orquesta que ahora deben saber de ventas y ahora de contabilidad, para cinco minutos después estar a cargo de las redes sociales, la informática o vete tú a saber qué otra cosa que nos quitará demasiado tiempo a cambio de nada.

Por eso, en la práctica del día a día, hemos de recordar una vez más a Pareto, al que ya he sacado a pasear unas cuantas veces por aquí.

El 80/20 de un negocio que funciona

Dejando las finanzas a un lado, que siempre debemos tener en orden (especialmente en cuanto a flujos de tesorería, como vimos en su día) el 20% más importante de una empresa se compone de:

  • Marketing. Incluyendo ventas, que son los metros finales del proceso general de persuasión en el que consiste ese marketing.
  • Producto. Es decir, lo que hacemos. Uso producto como término genérico que abarca producto en sí, servicio o lo que sea que hagamos en nuestra actividad.

En un mundo ideal, el 80% de nuestro día debería estar dedicado a esas dos cosas, porque son el 20% que trae esa preciada tesorería a casa.

Recursos humanos es importante, como lo es estar al día con hacienda, que los servidores no se caigan o anotar bien los asientos contables. Que las actividades de soporte funcionen es crítico, pero no traen el dinero con el que pagar a la gente que se debe ocupar de eso para que nosotros podamos dedicarnos, en la medida de lo posible, a marketing y producto.

Las prioridades según la fase en la que estemos

Cuando nos encontremos en los estadios iniciales de nuestra aventura, habremos de tener el producto preparado y, por eso, tendremos que dedicarle más tiempo.

Cuando este se lance, debemos inclinar la balanza hacia el otro lado y emplear la mayor parte de nuestro día en poner ese producto ante posibles ojos interesados. Es decir, marketing.

Los tiempos en los que bastaba construir algo para que la gente viniera a verlo quedan muy lejos.

Mientras estemos trabajando en marketing o producto, sabremos que estamos en lo importante. Esa debe ser la brújula que guíe nuestros días.

Lo contrario será quedar capturados por esa sensación horrible y paradójica de estar ocupados todo el tiempo y, a pesar de eso, que lo importante siga parado como un barco sin viento.

Cómo hacer tiempo para lo importante

Complicado, porque tú tienes unos planes y a la vida le parecen muy graciosos, de modo que siguen las llamadas, los emails, las reuniones inútiles (no sé si se nota que esta semana estoy teniendo mil) y las cosas que son urgentes, pero no importantes. Es decir, todas las cosas.

De hecho, las horas dedicadas al trabajo realmente importante, que causará un impacto reseñable en los resultados, es mucho menor del que parece. Ya seas emprendedor o trabajador a sueldo, cuando se analizan las horas diarias realmente productivas, apenas salen unas pocas, aunque pases la vida en la oficina o ante el portátil.

De hecho, se ha visto que quien saca dos o tres horas concentradas para lo realmente crítico ya suele estar por delante de la mayoría.

Personalmente, no he encontrado la forma de ser más poderoso que la vida y sus mierdas cosas, así que no me planteo más el pelear con ella, me sé el resultado de intentar echarle un pulso.

Por eso, lo único que puedo hacer es trabajar cuando la vida no me ve, ni me puede mandar un email o llamarme por teléfono. Desde hace mucho, madrugo más que la mayoría y dedico las primeras horas del día (que en muchas ocasiones todavía pertenecen a la noche) a los proyectos que considero importantes.

A esas horas, los demás descansan y me dejan trabajar. Tras algo más de un par de horas de trabajo concentrado, que además coincide con el momento de mayor capacidad cognitiva según los estudios (las primeras horas del día), a las 8:30 me preparo un café y miro el móvil y ahí comienza el desfile de pequeñas cosas que quieren atraparme en su agenda.

Y lo hacen, pero al menos acudo con una cierta sensación de trabajo cumplido.

Tenemos que hacer hueco para lo importante, pero lo mejor es hacerlo cuando la vida duerme como un dragón satisfecho tras tragar el tiempo de todos y sin que se haya despertado aún, para seguir con esa voracidad que no se le acaba.

Al menos, yo no he encontrado mejor manera, porque las cosas y los demás siempre piensan que lo suyo es más urgente y no dejan de repetírtelo.