A lo largo de estos años y estos correos, uno de los aprendizajes que he tratado de compartir es el de que hay muchos mitos en esto de emprender, los negocios, las ventas y demás.

Y una de esas creencias perniciosas es la de las epifanías.

Los momentos reveladores que lo cambian todo, la gran idea, el best-seller, el momento culminante en el que por fin lo conseguimos o cambiamos para siempre.

Pero el éxito en el mundo real se parece al mejor discurso de la historia del cine, el de Al Pacino en la película Un domingo cualquiera.

Que no sigo, ni entiendo, o me gusta, el fútbol americano, pero ese discurso debería escucharlo todo el mundo, al menos una vez.

Es este, haz clic y espero. Lo digo en serio, son menos de 5 minutos.

Y de verdad creo que es el mejor del cine y de esa burra no me bajo.

Porque el éxito se basa en pelear por esas pulgadas que tenemos alrededor, arañarlas poco a poco, moverse para conquistar una más.

Y olvidarnos de epifanías, momentos, trucos o milagros que lo vayan a cambiar todo.

Las películas y las historias funcionan de una manera muy diferente a la realidad cotidiana. De hecho, incluso la que he nombrado lo hace. El gran discurso que instaura el ánimo, cambia todo y hace que el equipo consiga la gran victoria, el momento cumbre, la redención final.

La película en sí no es gran cosa, y no hay que mirar cómo es o qué sucede, sino hacer caso a lo que dice Pacino:

«Las pulgadas que necesitamos están por todas partes a nuestro alrededor […] Las peleamos y arañamos porque sabemos que, cuando sumamos esas pulgadas, eso es lo que marca la puta diferencia entre ganar o perder. Entre vivir o morir».

Y concluye al final que eso es el fútbol, eso es la vida…

Y eso son los negocios, hay que añadir.

Un juego de pulgadas

Los economistas solemos tener conceptos menos románticos para definir los procesos por los que funcionan las cosas.

En casos como este, hablamos del poder del interés compuesto, de cómo muchos pocos nos acaban llevando, acumulativamente, al beneficio deseado, al objetivo que nos hemos puesto.

La moraleja es que, en la vida real y el día a día, esto va de pelear para avanzar otro centímetro, y luego otro, y un día miras atrás y lo has conseguido.

O no, porque en la vida puedes hacer incluso todo bien y que salga mal, así son las cosas cuando no hablamos de películas.

Sin embargo, estamos obsesionados con el golpe de suerte, el producto milagroso, la técnica mágica que nos curará, el instante que nos cambiará la vida… La epifanía tras la cual, por fin, alcanzaremos la tierra prometida y ya podremos relajarnos de una vez y bajar los brazos para descansar.

Pero eso no existe y, en caso de hacerlo, es una variante del ganador de lotería.

Algo tan raro como para que podamos confiar en que nos ocurra, porque la lotería, como ya habremos comprobado, es una mala estrategia en la que confiar para conseguir lo que deseamos.

El problema de las películas

El problema es que no se parecen a la realidad y así deben ser, porque no vas al cine a experimentar un lunes a las diez de la mañana. Vas a emocionarte.

Por eso, las películas tienen que tener una estructura que produzca esa emoción, un drama muy concreto y terminar en el momento de apogeo, la gran victoria del héroe tras sus mil tribulaciones.

Y luego, la palabra FIN y fueron felices comiendo perdices para siempre.

Pero eso no es la vida.

A los triunfos se llega por el oscuro trabajo que nadie ve y que araña otra pulgada cada día. Mucho menos glamuroso, horrible argumento para una película.

A lo largo de estas más de dos décadas, me he encontrado esa actitud de lotería más de lo que debería. El ansia por el éxito rápido, la apuesta por el producto best-seller, el encomendarse a una táctica “milagrosa”…

Nada de eso funciona, pero vende. Por eso muchos siguen inculcando y perpetuando esas nociones.

Sin embargo, la realidad no es tan atractiva, arañar las pulgadas alrededor nuestro y relatarlo no triunfaría en taquilla.

Pero es la manera de triunfar en la vida real.

Si es que lo conseguimos, porque garantías no hay en este juego.

¿Soso? Puede, pero ya hemos visto más de una vez que lo aburrido nos salvará, y no todos esos secretos y balas de plata que prometen mucho y no dan nada.

P.D. En un momento del discurso que pasa desapercibido, Pacino se refiere al timing cuando dice que medio segundo antes o después, media pulgada más allá o más acá, también marca la diferencia. Otra de las grandes verdades resumida en una frase, porque recordemos que el timing es una de las encarnaciones más poderosas de la suerte en los negocios.