Se ha dicho tanto sobre emprender y gestionar negocios (y yo el primero), que tendemos a complicar demasiado las cosas. Nos fijamos en los árboles y nos perdemos el bosque.

Porque al final, más allá de los mundos de humo y espejos del capital riesgo, de todo ese teatro emprendedor y los que juegan a serlo (en lugar de serlo), nos despistamos del balón.

En esencia, estamos aquí para resolver problemas de una forma mejor a la que ya hay.

En eso debe consistir nuestra oferta, pero hay un inconveniente…

El problema real que muchas empresas se niegan a reconocer

Ya he hablado alguna vez de que los emprendedores se ven cegados por el mismo amor que los padres, y que muchas empresas, simplemente, no ven que su oferta no es la mejor. Que la enseñan como esas fotos de los niños en el móvil, diciendo mira qué guapos son, pero los demás no piensan lo mismo, aunque digan lo contrario por educación.

Los clientes no nos van a dar dinero por simpatía a cambio de algo que no consideran es la opción que más valor les aportará. Punto.

Sin embargo, la ceguera por amor es solo una pequeña parte de lo que ocurre.

Porque el problema más extendido en la mayoría de empresas es que, realmente, no les importa el cliente.

En serio, no les importa una mierda.

Eso es consecuencia de que la enorme mayoría emprende «para ganar dinero», no para solucionar problemas. O de que el nuevo CEO tiene una enorme presión a corto plazo por rentabilizar ante el consejo de administración, destruyendo el futuro de la iniciativa.

Así, a la mayoría no les importan realmente sus clientes, solo exprimir sus carteras y mañana ya veremos.

Y no hace falta que nos pongamos a la defensiva, porque todos hemos estado ahí. Todos nos hemos lanzado a cosas porque las pupilas se volvieron signos del euro y pensábamos que reventaríamos el banco.

Pero aunque a muchos emprendedores de Lamborghini alquilado les suene a prédica desde el púlpito, la realidad es que si no te esfuerzas en resolver problemas, no puedes pedir que los clientes quieran compensarte por lo que haces.

Porque tú tampoco lo harías.

Pero para resolver problemas, primero te tiene que importar.

Cómo empezar con buen pie a la hora de emprender

En mi caso, como en el de muchos otros emprendedores, no pocas ofertas y soluciones que he vendido bien se han debido a que eran el producto de resolver primero mis propios problemas.

Unos que, lógicamente, sí me importaban, porque algo me dolía y me importaba yo mismo. Y que cuando puse en marcha mi solución, y veía que funcionaba en mi caso, pensé: 

«Quizá esto que me ha ayudado a mí pueda ayudar a otros en una situación similar».

Eso es empezar a construir la casa por los cimientos adecuados, resolver un problema a alguien que nos importaba, nosotros mismos. Por eso pusimos la carne en el asador y no paramos hasta construir una solución superior que no encontrábamos en otro lado.

La paradoja de la solución y el dinero

Paradójicamente, muchas de las soluciones que acaban dando dinero no empezaron por preguntarse cómo podían ganar dinero.

Nadie va a estar interesado por algo que nace de preguntarse cómo agarrarnos por los tobillos para que caigan las monedas del bolsillo, sino por cómo pueden hacernos la vida más fácil.

Pero claro, para eso, nos tiene que importar y, lo quieran reconocer o no, a la mayoría de empresas les dan igual sus clientes y lo que les pase.

Lo podemos ver a diario en nuestras compañías eléctricas, bancos y muchas otras empresas con las que trabajamos. Ya hay mucho de eso, mejor no ser uno más.

O vale, eliminemos todo rastro de púlpito o prédica, de ética o valor. 

Aun así, la respuesta es la misma.

Hagámoslo aunque solo sea por puro egoísmo. Seamos conscientes de que, si queremos ganar dinero, primero nos tiene que importar, y esa es condición imprescindible y necesaria (no suficiente, pero sí necesaria).

Nos tienen que importar los clientes, mejorar su vida y crear algo que, realmente, destaque y sea la respuesta a las oraciones que todavía no se habían respondido.

De lo contrario, seguiremos dando vueltas por el bosque sin verlo en realidad, haciéndonos la pregunta equivocada todo el rato.