Este correo es un poco más largo de lo habitual, pero me parece fascinante y, quizá, el tema más interesante tratado hasta ahora. Al menos, en mi opinión.

Hace poco hablaba de que una de las características de los emprendedores de éxito no es la innovación, la inteligencia o las ideas geniales, sino lo que denominé «instinto asesino».

Esa mezcla de audacia, acción implacable y empuje para conseguir los objetivos como sea, se confunde por parte de algunos con ser un desalmado sin ética.

Al fin y al cabo, si algo comprobamos una y otra vez, es que los más ricos y exitosos no parecen candidatos a mejor persona del año, sino al revés.

Y como aquí hablamos como adultos de los temas importantes, sin esquivar los incómodos, la pregunta clave aparece enseguida.

¿Compensa ser ético si queremos tener éxito o, como se suele decir, los buenos acaban los últimos?

La respuesta no es simple, ni cómoda, pero al menos parece haber respuestas.

Y no son las que muchos esperan.

¿Quiénes ganan más dinero, los «buenos» o los «malos»?

Comencemos por la realidad de los datos y no de las historias que nos contaron de pequeños.

Los «buenos» ganan menos dinero que los insoportables y demandantes, así lo demuestran estudios como el que acabo de enlazar. Si una parte de la bondad es no ser conflictivo y resultar agradable a los demás, cobrarás menos.

Sin embargo, uno puede alegar que ser buena persona no implica agradar a todos, y tiene razón. De hecho, si he comprobado algo, es que molestas más siendo ético.

Lo que ocurre es que, de nuevo según los datos, esa ética, una cualidad que creo que todos consideramos indiscutible como rasgo de buena persona, también te hace ser más pobre.

Así que, desde un punto de vista monetario, la realidad es la que es y la ética un obstáculo.

Probablemente, si lleva un mínimo tiempo en los negocios, eso es algo que, lo reconozcamos o no, resulta obvio. Los que no queremos empujar, exprimir, timar, pisar o mirar para otro lado cuando algo turbio sucede, ganamos bastante menos.

¿Y si el dinero no fuera todo?

No creo que sea todo, pero en el mundo real, dinero y felicidad están fuertemente correlacionados.

Esto ocurre tanto a nivel de países, como a nivel individual. Y no, los economistas sabemos desde hace mucho que ese «famoso» estudio de Kahneman, que alguno habrá leído, sobre que el dinero da la felicidad hasta una determinada cantidad y luego ya no influye, no es cierto y nunca lo fue.

Siempre ha habido datos que decían lo contrario y Matthew Killingsworth, de la Universidad de Virginia, demostró en 2021 que Kahneman se equivocaba.

Cuanto más dinero, más felicidad y, sobre todo, ser pobre está muy relacionado con una gran desdicha y sufrimiento.

El resto de datos son igual de desalentadores para el bien: los narcisistas tienen más probabilidades de ser contratados, ascendidos y mejor pagados, el enfado transmite competencia, ni hombres ni mujeres muestran predilección por hombres modestos…

Parece que para quien no hay paz es para los buenos, y no para los malvados, como dice el proverbio. Sin embargo, aquellos que aún crean en esa bondad, se pueden anotar varios tantos importantes.

Las buenas personas tienen amistades de mayor calidad, son mejores padres, tienen relaciones más duraderas y exitosas, y también suelen gozar de mejor salud.

Una vieja canción decía que había tres cosas en la vida: salud, dinero y amor. Parece que el dinero queda para los menos éticos, pero los otros dos elementos son territorio de la bondad.

¿Y si hubiera una mejor respuesta todavía?

El libro Give and take de Adam Grant me resultó interesante por un motivo, trataba de desvelar la respuesta definitiva de la relación entre éxito terrenal y bondad. Y lo hizo de una forma muy curiosa.

En el modelo que utilizó, Grant distingue tres tipos básicos de personas según el comportamiento que, aunque simplificado, es interesante. Así, tendríamos a:

  • Los que prácticamente siempre están dispuestos a dar (que denominaremos «buenos» para simplificar).
  • Los que siempre toman para ellos mismos de manera egoísta como filosofía de vida («malvados»).
  • Los que están en un punto medio y dan y toman de los demás, según la situación, prefiriendo, en general, guardar un equilibrio. Si tú me das, te doy, si tomas de mí, te lo devuelvo.

Y la conclusión deprimente es que, quienes terminan por debajo de todos los demás, son los buenos.

Principalmente, porque acaban anteponiendo el bienestar de los demás al suyo propio, de manera que se queman o terminan siendo explotados por los que siempre toman.

Sin embargo, ¿quién está en la cúspide del éxito en los distintos campos?

Por una de esas paradojas, también encontramos mayoritariamente a los buenos.

Los que consagran su vida a dar a los demás conforman los dos extremos de un espectro donde, en el medio, van quedando los que toman y los que equilibran.

Y tiene un motivo lógico y matemático, que se entiende enseguida.

Esto sucede porque los que equilibran no ven con buenos ojos a los malvados cuando se topan con ellos (obvio, porque no les dan nada y siempre toman), así que, al contrario que los buenos que siempre dan, ejercen represalias, echándolos hacia abajo y protegiendo a los que dan.

Eso hace subir a los buenos hacia arriba, pues, obviamente, a los equilibradores les conviene tenerlos cerca, ya que reciben de ellos, a su vez ellos también dan y se produce un círculo virtuoso. A esto se añade que los malvados que toman tampoco se llevan bien entre ellos, y acaban jugando a juegos en los que todos pierden eventualmente, de modo que se hunden.

Esto explica (en parte) la aparente paradoja de que este mundo no está hecho para los buenos, pero el mundo acaba poniendo en la cúspide de sus carreras a bastantes de esos buenos.

Esta vida hunde y corona a los mismos, es claramente injusta, pero también impide a los malvados que solo toman llegar masivamente a la cúspide, o mantenerse en ella durante mucho tiempo. Eso pasa porque las represalias por tomar siempre llegan tarde o temprano, desde otros malvados que enseguida conspirarán para quitarte de en medio, porque no hay honor entre ladrones, o bien desde los equilibradores que pagan con la misma moneda que reciben y expulsan de su lado a esos elementos.

Mientras que los buenos son víctima de los malvados, los malvados son la víctima tanto de otros malvados, como también de los equilibradores. De esta forma, superados en número y con todo merecimiento, los que solo piensan en sí mismos tienen difícil llegar arriba y mantenerse en caso de hacerlo.

En definitiva, este mundo no está hecho para los buenos, pero sus extremos sí, así que las mayores desgracias y éxitos pertenecen más a ellos que al resto.

Y es que, como vemos, la respuesta a las preguntas importantes suele ser compleja y con matices.