Es un fenómeno conocido por todos y que ya hemos hablado alguna vez: días largos, horas interminables, agotamiento y cafeína, pero los proyectos relevantes… todavía sin hacer.

Hoy parece imposible concentrarse en nada y avanzar lo importante, pero vamos a tratar de mitigar el motivo que se encuentra en el núcleo de todo esto.

Hemos visto ya en estos mismos envíos que las razones para que estemos así son variadas, como suele ser siempre en lo importante. Desde las enormes distracciones que nos rodean, y antes no existían, hasta el hecho de que, en términos de productividad y output de trabajo, hoy se exige mucho más que antes.

Así parece que, hagamos lo que hagamos, estamos destinados a acabar quemados. Especialmente, si somos emprendedores con mil responsabilidades diarias, o tenemos un puesto de gestión, que implica estar encima de demasiadas cosas.

Esas causas ya nombradas son «externas», pero lo cierto es que el hecho de que esto suceda también tiene un motivo esencial interno.

Que somos humanos.

Eso hace que tengamos una tendencia innata a colocarnos en situaciones de desbordamiento y me explico, desde el punto de vista de la psicología del rendimiento.

La necesidad de control y la paradoja del más

La realidad de la productividad personal es esta:

No importa lo buenos que seamos, incluso la persona más efectiva se vuelve menos efectiva con cada tarea o proyecto que asume.

A esto se añade otro handicap que tenemos, sobre todo, las personalidades emprendedoras, inquietas, creativas y/o creadoras.

La distracción no sucede solamente por dosis de dopamina provenientes del móvil o las redes sociales, aunque es innegable su aportación. Ocurre, sobre todo, porque vemos posibilidades en todas partes y no podemos (ni queremos) limitar nuestras apuestas.

Tenemos ideas y vemos oportunidades por todos lados y, además, creemos que podemos saltarnos esa limitación con la que comenzaba la sección, pero no podemos porque, de nuevo, somos humanos. Cada nuevo proyecto u obligación hará que seamos peores en los demás.

Sin embargo, creemos que con un nuevo sistema de productividad, otra nueva aplicación para organizarnos, el enésimo nuevo truco para concentrarnos o lo que sea, podemos abarcar más, podemos resolver otro tema antes de que acabe el día.

Es lo que llamo la paradoja del más. El hecho de creer que, cuando ya no cabe nada y todo está a punto de ceder bajo el peso de las obligaciones, añadir una cosa más a un sistema saturado lo liberará de alguna manera.

Pero eso no tiene ningún sentido.

Igual que cuando pensamos que el remedio ante la ansiedad, porque no llegamos a nada, se resuelve añadiendo más obligaciones como hacer yoga, deporte, meditar o lo que sea, que añade compromisos, tareas y nuevas obligaciones encima de una montaña de cosas donde ya no cabe nada.

Es la ilusión de control. Creer que, de alguna manera, nosotros vamos a superar las leyes del rendimiento personal, e incluso de la física, y que un vaso a punto de desbordarse se arregla echando más agua.

Muy bien, pero ¿cuál es la solución?

La contraria a lo anterior. O arreglamos lo esencial, que el vaso está a tope y debe vaciarse, o lo que hagamos solo servirá para empeorar la situación.

El problema de esa solución real no es que sea difícil, es que es aterradora. Que cuando no va directamente contra lo que nos dicen por todas partes, va en contra de nuestra esencia emprendedora, y creadora, que quiere perseguir y hacer realidad todas esas ideas que sobrevuelan a nuestro alrededor.

El éxito, en caso de que llegue (porque no hay garantías y necesitamos esa suerte que hace falta para todo), viene de elegir unas pocas apuestas, comprometernos a costa de las demás y correr con ellas hasta la meta.

Pero eso implica algo aterrador para nuestro tipo de personalidad, afrontar que no todo será posible, que debemos abandonar y sacrificar cosas para que otras vivan.

Yo mismo me he estado engañando estos años con el hecho de que, por ejemplo, terminar el proyecto de escritura del libro sobre emprender que siempre he querido, era compatible con estar trabajando con varios clientes en proyectos importantes.

Pero, a finales de enero, terminé el último trabajo sobre mi mesa, no había cogido ni buscado más desde dos meses antes, y he decidido apostar por terminar ese libro.

No porque crea que es lo más rentable, al contrario, nada con menos retorno de inversión que un libro, sino porque quiero hacerlo realidad por motivos que poco tienen que ver con ROIs y similares.

Y aunque todavía no está, lo cierto es que no desatasqué de verdad el proyecto hasta que no limité mi apuesta y me puse al 100% con ella.

Y sí, me costó un mundo dar el paso. Pero o tomamos esas decisiones difíciles y aterradoras o, en este mundo con demasiadas posibilidades, iremos tras todas ellas y se quedarán en eso, posibilidades, no realidades.

Lo mismo ocurre para casi todo aspecto de la gestión, o lo que tiene que ver con emprender. Por ejemplo, no vamos a conseguir nada diluyéndonos con el uso de mil medios de marketing a la vez, para ver cuál funciona, debemos apostar por 2 o 3, dominarlos y medir.

Y si no son efectivos según esos datos, cambiar. Porque puede que nuestra apuesta funcione o no, pero la manera de garantizar el fracaso es desperdigarnos en veinte mil cosas, y que ninguna pueda ejercer el cambio necesario, porque tras ella no está el impulso necesario.

No vamos a rascar la muralla si dispersamos nuestras fuerzas por toda ella, en lugar de centrarlas decisivamente en puntos concretos.

Y lo mismo pasa en todo lo que nos propongamos. Si tenemos una oferta y queremos que destaque, hemos de apostar por esos puntos diferenciales y superiores, no dispersarnos tratando de ser todo para todos y que no dejemos huella en nadie.

Debemos ser más humildes. No tenemos el poder de hacerlo todo, ni añadir más cosas solucionará sistemas saturados. Tenemos que recordar que somos humanos.