Hace unos tres años hablaba aquí de la imposibilidad de conciliación cuando eres emprendedor. O cuando tienes un puesto de mucha responsabilidad.

En lugar de esa conciliación ideal, donde se supone que tienes tiempo para todo y equilibras la balanza profesional y personal, la vida se parece más a un proceso caótico, hecho de épocas inevitables de trabajo arduo e insomnio, junto a otras donde levantas el pie del acelerador.

El problema es que, demasiadas veces, solo se aplica la primera parte y todo son días de trabajo arduo hasta las tantas, lo que planta las semillas del desastre.

Eso ocurre por el mismo motivo por el que alguien, que solo entrena y nunca descansa, experimenta pronto resultados muy negativos que reducen su rendimiento, en lugar de aumentarlo.

Es importante recordar que «el músculo se genera en el descanso», pero ese no es el tema hoy. La cuestión es que este ciclo por el que discurre la vida emprendedora es ineludible por cómo funcionan realmente las cosas, pero también porque encierra la clave de una oferta irresistible.

Por qué la mayoría de ofertas son mediocres

También vimos no hace demasiado que uno de los motivos por el que muchas empresas tienen ventas mediocres es porque no les importan realmente los clientes, ni su bienestar. Así, solo crean productos y ofertas para ganar dinero y no para ofrecer soluciones superiores.

Pero el cliente no es idiota y algunos competidores, tampoco. De modo que ellos saben cómo funcionan las cosas y sí se preocupan de verdad por el cliente en el producto y en el trato, construyendo lo que este desea y no cualquier cosa.

Pero de ahí emanan otro tema y otra condición para poder aplicar esto correctamente: que seamos obsesivos en la construcción de esa solución.

Que vivamos, soñemos y respiremos aquello a lo que nos dediquemos, hasta dar con algo tan superior al resto, que los clientes no tengan más remedio que elegirnos.

Este es un proceso que nos suele salir de manera natural cuando se trata de aficiones y pasiones propias.

Me da igual que sea el fútbol o el hobby más complejo posible. Cuando amamos algo de verdad y nos obsesionamos con ello, no paramos de aprender hasta el último detalle, indagar todo lo nuevo que hay, dedicar ratos a aprender un poco más, a practicar, a trabajar…

Todo aquello que amamos tiene algo de obsesión (con suerte, relativamente sana dentro de lo posible) y he aquí algo interesante. Algunas de las mejores ofertas tienen algo en común: quien las creó, lo hizo por motivos personales, porque trató de calmar un dolor propio que no podía apaciguar de otra manera, ya que se vio afectado por algo que le dejó huella y no cejó en el empeño hasta que consiguió remediarlo.

Y luego, lo comercializó porque pensó que había otros como él ahí fuera con la misma clase de dolor. Y sí, claro, también lo hizo porque, probablemente, imaginó que pagarían por eso si la cuestión les «dolía» a los demás tanto como a él. Pero, como primer impulso, lo que quiso fue compartir la solución que encontró y que los demás también pudieran experimentar su alivio.

La necesidad de obsesionarse

Observemos a aquellos que son verdaderos expertos en lo que hacen. Son gente obsesiva que dedica una insana cantidad de tiempo a lo suyo, que cuando tiene un rato libre lee a los que están en la punta de lanza de su sector, aprende lo que le falta, se entera de todo lo nuevo que ocurre…

Y no por obligación, sino por ese gusto e impulso difícil de controlar.

De esa manera, son verdaderos expertos en lo que hacen y, por tanto, pueden permitirse también acceder a los mejores clientes. Pero, sobre todo, son capaces de dar una solución mejor que los demás.

El tema es que hoy, con la saturación de oferta que hay en todo, ya no vale cualquier cosa que no sea eso. Porque con menos, no nos vamos a comer nada.

Con menos, vamos a navegar en un mar de mediocridad compitiendo con el resto clones que ofrecen soluciones «que no están mal». Pero, sobre todo, se nos cierran las puertas a esos clientes premium de los que he hablado más de una vez, sobre todo, cuando trataba aquella «fórmula del éxito en una frase».

Esos mejores clientes no aceptan la medianía, sino que quieren (y pagan) por los verdaderos expertos. Y esos expertos son obsesos de lo suyo, sin importar la actividad a la que se dediquen, porque esto se aplica a todas: marketing, fontanería, finanzas, etc.

Todos los mejores tienen algo (mucho) de obsesivos y esa obsesión es la que debemos aplicar a la construcción de nuestra oferta en esos periodos de trabajo intenso y dormir escaso de los que hablaba al principio.

Solo así llegaremos a algo que sea capaz de elevarse por encima del ruido y del valor que ofrecen los demás.

En serio, muchos de los mejores emprendedores que he visto eran verdaderos cruzados de una causa, que no pararon hasta crear algo que calmara su obsesión.

Y, además, eso les proporciona un sentimiento contagioso que los clientes, especialmente los mejores, captan y aprecian, porque saben que están ante alguien a quien le importa y que es bueno de verdad.