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Cómo inmunizarse ante las crisis y la mala suerte
Tras la pausa de agosto, volvemos con la programación habitual y es inevitable contestar a algunos correos y cuestiones recibidas sobre emprender, el papel de la suerte y el del timing, del que hablo en buena parte del libro Lo que no te cuentan de emprender.
Porque sin duda, es lo que más fibra sensible ha tocado.
Así, mientras que en el libro veíamos diversas formas de poner ese timing a nuestro favor, hay otras maneras de gestionarlo.
Como la de tratar de evitarlo.
En realidad, no te puedes esconder de él ni de su influencia, pero un poco sí.
¿Cómo?
Los mercados que nunca quiebran
Quien ya lleve tiempo por aquí y, especialmente, mis más antiguos clientes y colegas, también conocerán que, cuando se trata de negocios y emprendimiento, otra de las frases que más he repetido estos años es que:
El éxito de una empresa depende, casi en su totalidad, de la elección del mercado en el que elige competir.
El mercado es demasiado poderoso y da igual lo buenos que seamos si decidimos meternos en de las máquinas de escribir, por ejemplo. Es un suicidio asegurado, aunque tengamos al mejor equipo y abundantes recursos.
Pero de la misma manera que hay mercados nada aconsejables, como el anterior, existen otros en los que el timing ejerce una sombra mucho menos alargada.
Son los mercados que raramente entran en crisis, precisamente, porque el tiempo no tiene tanta influencia, al ser actividades que siempre se demandarán.
Aparte de los clásicos ejemplos del sexo y la droga, que siempre se demandarán, sin importar lo que ocurra o el tiempo que pase, estamos hablando de mercados que atienden a necesidades fundamentales que siempre hemos tenido y siempre tendremos.
Cuanto más opere nuestra actividad cerca de eso, más libres seremos del yugo del timing y la suerte en general.
El problema de las modas
Esta clase de mercados son la antítesis de las modas. De aquello que en un cierto momento es muy pujante y, al siguiente, probablemente termine olvidado.
Las modas son mal modelo de negocio en general, porque si no tenemos la pericia de entrar y salir en los momentos adecuados, nos devorarán.
Los mercados clásicos más inmunes al marketing son las necesidades básicas. Aparte del sexo y las drogas ya comentados, otro ejemplo clásico es la vivienda.
Quien tiene la posibilidad de hacer negocio con ellas, pocas veces pierde dinero, porque siempre necesitaremos un techo.
Los modelos de negocio pueden cambiar en el sector, según sea el esquema de incentivos que haya dispuestos por ley o avances tecnológicos y sociales (por ejemplo, hoy día, los incentivos que hay dispuestos hacen que sea más rentable el alquiler vacacional que el tradicional y, hasta que no cambien, así seguirá siendo) pero sea como sea, necesitamos un techo.
Es por eso que, se gane más o se gane menos, en esos mercados y actividades casi siempre se gana.
Eso sí, hay dos inconvenientes:
- La necesidad importante de capital para dedicarse a algo como la vivienda.
- Los incentivos suelen poner en marcha un ciclo de codicia que acaba estallando igual que una burbuja, como en lo bancario, las inversiones y demás, con lo que, aunque están menos influidos por el timing, es imposible librarse completamente de ese todopoderoso factor.
El papel de la habilidad
Cuanto menos influida esté una actividad o mercado por la moda y el timing, mayor será el papel de la habilidad personal a la hora de conseguir rentabilizar nuestra iniciativa.
Ejemplo tonto. Imaginemos que quiero poner una panadería, algo que siempre se ha demandado y, probablemente, siempre se demandará.
El primer reto para muchos es lo poco atractivo que resultan esa clase de actividad. No está de moda, son «aburridas», no puedes ponerle IA o la tontería que toque… Pero si lo haces mínimamente bien, porque has detectado una necesidad y un hueco que no se está satisfaciendo, nuestras probabilidades suben.
Si es imposible encontrar una buena barra en 20 kilómetros a la redonda y todo es pan congelado mutante, que al día siguiente es chicle o acero, sin términos medios, quizá esforzarte en hacer el mejor pan del mundo ponga una cola en la puerta.
Una dispuesta a pagar más, porque no haces pan, sino un manjar.
Esto conecta con otro hecho clave que repito a menudo: no manufacturar un producto, sino crear una experiencia, tanto para los sentidos comiendo el pan en este caso, como para el cliente durante todo el proceso de compra y el trato exquisito que le damos.
La otra columna junto a la creación de producto experiencia es el marketing.
Me da igual que hagamos el pan que comen los dioses si nadie lo conoce. Y nadie lo conocerá por ciencia infusa y todos vamos saturados, así que hay que hacer un esfuerzo por dejar claro que existimos y que tenemos «pan como el de antes» o «pan en el que los dioses mojan su néctar».
La cuestión es, cuanto más lejos de las modas estemos y más cerca de las necesidades de siempre, más nos saldremos de la sombra de la suerte y todas sus máscaras, como la del timing.
Pero, a cambio, más esfuerzo personal necesitaremos para crear algo que se salga de lo común (por lo que pedir un precio también fuera de lo común) y más tendremos que esforzarnos en extender la palabra con un marketing excelente.