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Cómo hundirnos en un fácil y único paso
Al mundo emprendedor se le suele aplicar una capa épica en el lenguaje que se usa para describirlo, o en las narrativas que lo acompañan.
El motivo es el mismo de siempre, vender.
Y el mecanismo usado es el más poderoso y en el que más he insistido todos estos años, una historia. En este caso, una de supuestos héroes contra corriente que, con pasión y una idea, cambiarán el mundo.
Todos hemos oído el cuento y sus mil variantes, la de atreverse en un contexto que no lo hace, ser la fuerza creadora en un mar de funcionarios acomodados y chorradas similares para chavales crédulos.
Chorradas que no ayudan, pero condenan.
Cómo hundir nuestro negocio en un fácil y único paso
La cuestión es que esas historias influencian la percepción sobre el tema (uno de los objetivos del storytelling) y hace que cometamos a menudo un error que nos hará colgar el cartel de «cerrado»:
Meternos en juegos imposibles de ganar, ponernos las cosas aún más difíciles de lo que ya son a la hora de emprender
No hay premios al esfuerzo en esto, ni los euros valen más si han sido más difíciles de obtener. Por eso, algo que aprendes pronto, especialmente cuando se trata de emprendedores dedicados a servicios, es jugar solamente a juegos que vayas a ganar.
Me explico.
La mayoría de veces, cuando uno se dedica a servicios profesionales (o a cualquier otra cosa, en realidad), recibe la llamada de un cliente porque suele estar ya en una situación complicada desesperada.
No ha conseguido resolver su problema de forma interna o con sus recursos y contactos cercanos, de modo que recurre al experto que cree que conseguirá caminar sobre las aguas y solventarle lo que nadie pudo.
Y ese experto llega a una situación irresoluble. Es decir, se está metiendo en un juego imposible de ganar.
Porque no importa lo bueno que seas, si ese cliente tiene un producto mediocre o ha desatendido su marketing (por hablar de lo más cercano en mi caso), difícilmente vas a darle la vuelta. Y especialmente, no lo vas a hacer en el escaso tiempo que queda antes de todo se venga abajo.
Porque probablemente también, te haya llamado de urgencia.
Así, tú no consigues nada, excepto frustración y la eterna duda sobre si vales realmente para esto, mientras que él tampoco obtiene el resultado que esperaba, concluyendo que, sin duda, el problema es que vas vendiendo lo que no puedes dar.
Así, nadie hubiera resuelto eso, y los emprendedores inteligentes no han querido ni tocarlo (porque siguen esa máxima de juegos que puedan ganar), pero tú te metiste y saliste quemado, porque el resultado no podía ser otro, no importa lo bueno que seas.
O bien, a la hora de elegir el mercado en el que vamos a competir, nos dejamos llevar por esa épica engañosa, en lugar de por el análisis y el pragmatismo. De ese modo, decidimos entrar en un sector donde la competencia es demasiada o la demanda es inexistente.
El coste psicológico de los juegos que no podemos ganar
El principal precio que pagamos metiéndonos en juegos imposibles es que saldremos arruinados, claro, pero más doloroso y destructivo aún es el precio psicológico.
Porque yendo de juego imposible en juego imposible, pronto acumularemos derrota tras derrota y parecerá que no valemos para nada. Ni ante los ojos de los clientes ni, sobre todo, ante los nuestros propios.
Nos sentiremos unos fracasados (pocas cosas más destructivas que esa), cuando la realidad, en muchas ocasiones, es que no era posible ganar.
Ni Superman lo habría logrado, pero por alguna razón, porque nos habíamos creído las historias y el cuento de nuestra propia excepcionalidad, pensábamos que nosotros sí lo íbamos a conseguir.
Lo que hacen los mejores y las minas que no hay que pisar
Emprender ya tiene bastante dificultad como para añadirle más por nuestra parte. Y recordemos que el mercado no paga por noches sin dormir, sino por problemas resueltos.
Es por eso que los mejores emprendedores que conozco no son genios, ni capaces de caminar sobre esas aguas, pero saben elegir juegos que pueden ganar y, principalmente, esquivan a toda costa los juegos imposibles.
Algunos ejemplos de estos juegos son:
- Clientes intratables. Los percibes desde la primera reunión, pero claro, money talks y lo necesitas, de manera que te encadenas al abusador y pasa lo que pasa.
- Mercados imposibles. Porque hay demasiada competencia o ninguna (señal de que, probablemente, lo que quieres hacer no es rentable), porque no podemos acceder a los clientes de mayor nivel, porque nuestra logística no puede competir con la de Amazon o lo que sea, pero nacemos muertos si nos equivocamos de mercado.
- Situaciones condenadas. Lo que hablaba sobre todo del sector servicios, en el que te llaman cuando el Titanic ya se ha partido en dos, pero creen (y crees) que a lo mejor tú lo arreglas. Esas cosas ni tocarlas.
La realidad nada épica, pero muy rentable, es que los mejores negocios y emprendedores tienen algo de oportunista. No voy a empezar otra vez con el todopoderoso timing, pero es la realidad.
Y ser un oportunista es saber colocarte en juegos que vas a ganar.
De esta manera, para el mundo y su percepción, parecerás un genio, cuando en realidad solo eres una persona que siguió la primera regla: no meterse en trampas imposibles. Pero no pasa nada, porque otra ley de estas tierras es que la percepción es la realidad.