Emprender es tomar decisiones todo el rato en condiciones de incertidumbre. La vida, de hecho, es tomar constantes decisiones en condiciones de incertidumbre. Pocas cosas paralizan y asustan más que eso, porque tratamos de adivinar el futuro, algo en lo que las personas, como muestran algunos estudios, somos particularmente malos.

Por eso, vamos a ver los tres pasos necesarios para tomar mejores decisiones.

Y el primero de ellos es hacer las paces con la noción más importante y poderosa.

1. Abrazar la incertidumbre

Este es el cambio de mentalidad más difícil, especialmente para personas como yo, que gustan de tener todo controlado, una gesta fútil y que solo suele desembocar en más estrés del necesario.

Como ya he dicho muchas veces, cuando uno emprende comienza un viaje y, desde el minuto uno, la incertidumbre se sienta como copiloto y ya no se baja del coche hasta que lo hagamos nosotros.

Y debemos hacer las paces con eso, porque no se va a ir y no va a ser de otra manera. Por eso, siempre hablo de que los mejores emprendedores que he conocido adoptan siempre un pensamiento probabilístico.

Cuando hace ya mucho hablábamos de campeones de póker, veíamos que este era uno de sus principales rasgos. El mismo que debemos adoptar nosotros para evitar aquella famosa trampa del resulting.

Al final tenemos que hacer lo mejor que podamos con lo que tenemos. Debemos recoger la información y comprender el esquema de probabilidades de la situación lo mejor posible pero, tarde o temprano, hemos de decidir o nos quedaremos paralizados con demasiado análisis.

Teniendo en cuenta lo mucho que he insistido en los últimos meses con el tema del timing, no dilatarnos más de lo necesario es fundamental.

La misión pues es hacerlo lo mejor que podamos con la información de que disponemos, no «tomar la decisión perfecta», porque no existe.

El problema está en el peso de las decisiones y en el hecho de que tomaremos muchas que serán un «error». Muchos emprendedores piensan que eso es algo que viene con el territorio y que «si no puedes soportar el calor, mejor salirse de la cocina». No pasa nada, mucha gente prefiere que el peso de las decisiones lo lleve otro, como un jefe, y es genial, probablemente, el estrés sea menor.

Y sí, lo sé, como muchos de los mejores consejos, este también es más fácil de decir que de aplicar.

2. Desapegarse

Este es un factor que ya he tratado en Lo que no te cuentan de emprender cuando hablábamos de la psicología del emprendedor. La realidad es que, si no hay un cierto desapego profesional, lo vamos a pasar muy mal pero, sobre todo, las emociones y miedos van a ser tan intensos que nos va a resultar difícil ver las cosas de una forma mínimamente objetiva.

Y tomar buenas decisiones, que muchas veces dependen de ese paso atrás que nos permita ver todo con más perspectiva.

Si no, subidos a los picos de euforia de los buenos momentos o bien sumidos en los valles de los ratos amargos, tomaremos muy malas decisiones.

Esto no solo pasa emprendiendo, está más que demostrado que las decisiones importantes en momentos emocionales alterados (no me importa que sean positivos o negativos) no son nunca las mejores.

3. Decisiones iterativas

Todo lo anterior no significa que tengamos que lanzarnos como locos y que vengan las consecuencias que sean. Como también he comentado, los mejores emprendedores tienen una leyenda de audaces, pero en realidad, son minimizadores del riesgo.

Y la manera de hacerlo en el tema de hoy es mediante un proceso de decisiones iterativas.

Veamos por qué es el enfoque óptimo.

Tomar decisiones en el mundo real es como caminar en la niebla. Apenas podemos ver un poco más allá de donde estamos, por lo que suele ser recomendable avanzar poco a poco y corregir la ruta sobre la marcha, por ejemplo, cuando parece que hay una piedra ahí delante que era imposible de detectar hasta que hemos avanzado lo suficiente como para percibirla.

En la práctica, esto significa tomar la decisión más pequeña posible en la dirección que creemos más correcta y ver qué respuesta hay por parte del mundo exterior.

Esto sirve para casi todos los escenarios, como por ejemplo, a la hora de lanzar algo realizando un producto viable mínimo, que vamos adaptando según la respuesta.

O bien comenzar con la campaña de marketing sin arriesgarlo todo, sino con pruebas que nos digan qué reacción va teniendo el público al que nos dirigimos y modificando sobre la marcha según los datos.

Especialmente para los más adversos a la incertidumbre, esta es la manera, el paso más corto posible en la niebla y corregir.

Así, vamos haciendo iteraciones de la decisión.

Si lanzamos un grupo de anuncios, recogemos datos relevantes sobre cuáles están teniendo mejor acogida. Esos los dejamos, mientras que los menos efectivos los cambiamos por otros. Tras un tiempo, en el que ya podamos tener datos significativos de la nueva decisión, los recogemos de nuevo, comprobamos y realizamos otra iteración cribando ganadores…

Es decir, no hacemos una gran apuesta de «todo al rojo», sino que vamos dando pasos, adaptando y repitiendo con un nuevo paso, adaptando y dando otro paso…

Porque no podemos ser más listos que el futuro, pero eso no significa que no podamos ser listos.