Si tuviera que destilar una sola cosa que me ha dado más resultados en los negocios (y en la vida) que cualquier otra, sin duda ese secreto sería comprender que nada importa mucho realmente.

En serio, porque la realidad es que, quitando la salud, un techo, algo de comida y a los que quieres, no mucho más importa. Y en el gran esquema de las cosas, nosotros tampoco. El hombre más grande de la historia no llega a ser un pestañeo en el tiempo del universo y será olvidado enseguida.

Muy filosófico, lo sé, pero ¿por qué me ha dado esto más resultados que ninguna otra cosa?

Porque cuando lo asumí y lo apliqué a mis negocios, me atreví a mucho más.

No en un sentido de toma de riesgos ciega, pues ya hemos visto que eso no funciona y los mejores emprendedores son minimizadores de riesgos, sino por el hecho de que el miedo roba más ventas y oportunidades que cualquier otra cosa.

Pero cuando te das cuenta de que nada importa, escribes a ese CEO que todo el mundo dice que no te va a dar ni la hora, lo intentas de nuevo después de que te digan que no y te atreves a mostrar al mundo eso que la pequeña vocecilla que tienes dentro dice que nadie querrá.

Y a lo mejor no lo quiere nadie y es verdad, pero ¿y si no es así?

La realidad es que, si ese CEO que deseas como cliente no contesta, o incluso lo hace de mala manera diciendo que no le contactes más, puede que escueza en el momento, pero tres meses después ni te acordarás.

Lo mismo que con esos intentos de venta. Lo mismo con casi todo lo relacionado con el día a día de los negocios.

En Lo que no te cuentan sobre emprender hablo de la necesidad del desapego para conservar la cordura en el negocio, pero también para tener este «atrevimiento» de hacer más cosas, a pesar de las consecuencias catastróficas que a nuestra cabeza le gusta dibujar en esas situaciones.

Y que pocas veces se cumplen.

Los mejores con los que me he juntado también tienen, en mayor o menor medida, ese desapego, ese superpoder de no poner demasiada importancia en las cosas y lo que pase con ellas. Cuando se la damos, nos atrevemos mucho menos porque la gravedad que dibuja nuestra mente es demasiada y pesa y nos mortifica y no queremos tocar nada. Preferimos no hacer y dejar intacto el hecho de que no nos han dicho que no, porque no nos han dicho nada.

Pero todo lo que no es un sí es un no, esa es otra verdad de los negocios que también va más allá de ello.

Dando demasiada importancia a lo que ocurra, a los demás, a sus opiniones y a ese catastrofismo de nuestra cabeza, reducimos nuestro mundo y nuestra empresas hasta hacerlos insignificantes.

Gran parte de aplicar esto viene con la edad, me temo. Lo único bueno de hacerse mayor es que todo, excepto las cuatro cosas realmente fundamentales, te va importando menos. Y eso es genial, porque se marcha el temor reverencial que le pusimos a todas esas cosas y que hacía que no quisiéramos acercarnos a ellas, ni siquiera cuando a lo mejor lo cambiaban todo para bien.

Especialmente, cuando a lo mejor lo cambiaban todo para bien.

Así, las oportunidades pasan porque esperamos el mejor momento que no existe o porque nos derrotamos en nuestra cabeza antes de intentar nada. Pero derrotarnos es tarea del mundo, no de nuestra mente, aunque muchos hemos hecho de esa rendición preventiva todo un arte.

Cuando le quitas la importancia a las cosas que no la tienen en realidad, como esa posible negativa al intento de venta, ese contacto con un posible socio que nos da mucho respeto o no apuntar demasiado alto porque no creemos estar a la altura… Hay una liberación en la que hacemos más y obtenemos mucho más.

Ya no agonizamos media hora antes de darle al botón de enviar y eso hace que enviemos más mensajes, ya no procrastinamos con esa campaña para conseguir clientes ni nos arrugamos tanto cuando tenemos que hablar con alguien «importante».

Porque nadie es realmente muy importante en ese gran esquema de las cosas y es liberador.

Además de con la edad y la comprobación de que, efectivamente, seguimos vivos después de esa llamada que tanto temíamos, quitar importancia de los negocios y las personas viene también cuando se la damos de una vez a lo que realmente merece la pena. A esas cuatro cosas de las que nos acordaremos cuando estemos a punto de cerrar esta puerta al marcharnos.

He aquí otra cosa que he aprendido. Cuando pones demasiada importancia en las cosas la cagas más.

Estás más rígido, te muestras más ansioso y la vida y las ventas son una negociación en muchas ocasiones. Y en una negociación, la ventaja es quien no le importa levantarse y marcharse, porque tiene otras cosas, así que no pone una importancia de vida o muerte en lo que tiene delante. Habrá más oportunidades, siempre hay más formas de hacer dinero.

Lo mismo pasa con las relaciones, como si todo funcionara con el mismo mecanismo, pero cuanto menos parece importarnos alguien, más atractivo le resultamos. Estamos más relajados y actuamos mejor, dando la señal definitiva de dominio: que no nos importe demasiado, en parte, porque sabemos que, con esa actitud, tendremos más oportunidades porque tocaremos más puertas.

Porque sabemos el secreto. Que nada importa realmente, así que todo lo tomamos como un juego más relajado sobre el que hemos puesto esa distancia y desapego que nos permite dominarlo a él y, sobre todo, que no nos domine a nosotros y nos atenace, volviéndonos rígidos y lentos por el peso de la importancia.