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El problema del marketing
El problema del marketing es que funciona.
Puede parecernos que no en nuestro día a día, pero lo cierto es que lo hace sobre nosotros y que eso ejerce un efecto inesperado.
Altera nuestras expectativas, distorsiona la normalidad y nos deprime en nuestra carrera emprendedora con expectativas imposibles.
El problema de la realidad
Comienza un nuevo «curso» en cierto modo y no estaba seguro del tema que elegiría de entre todos los que tenía preparados, pero he pensado en comenzar esta etapa del camino desde un punto que no llame a engaño.
Cuando hablamos de emprender o queremos saber sobre el tema, el concepto casi siempre está ligado al éxito, la libertad financiera y casi la única forma de escapar de la rueda de hámster.
El marketing es el arte y la ciencia de la emoción. No es la definición clásica, pero debería, porque la función del marketing es crear las emociones necesarias para que te muevas en dirección a lo que vende, mientras vas echando mano a la cartera.
Pero la realidad vende poco, ese es su gran problema.
Así que, cuando se habla de emprender, se nos muestra lo excepcional, el diminuto porcentaje que ha conseguido el premio gordo y el mayor porcentaje que finge haberlo obtenido, cuando en realidad es una elaborada mentira.
Porque no creo que pille a nadie por sorpresa que, en el mundo emprendedor y de negocios, hay mucho más humo y espejos que realidad.
Convirtiendo la anomalía en realidad
Así, casi todo lo que vemos son anomalías de éxito y espejismos de anomalías de éxito (que no importa si son reales porque, como también diría el marketing, lo que importa es la percepción, no la realidad).
De esta manera, la anomalía es convertida es normalidad por el marketing, ya que prácticamente no vemos otra cosa cuando hablamos de emprender.
Todo el mundo tiene éxito, todo el mundo tiene un método y te lo quiere vender en cómodos plazos.
Así que pensamos que quizá nosotros también podemos hacer lo mismo y emprender.
El marketing ha realizado su cometido y, por tanto, ya no pinta nada.
Así que nos queda la realidad cuando empezamos, en la que todo cuesta más de lo que parece, vender es una de las cosas más difíciles que hay y emprender resulta una quimera con un 90% de probabilidades de fracaso.
Sin embargo, la sombra del marketing es alargada y no nos medimos respecto a esa realidad, sino respecto a los sueños.
Imposible compararse con un sueño y salir ganando.
Así que, incluso cuando tenemos éxitos modestos (algo que es una gesta en sí misma), parecemos perdedores.
Eso nos hace pagar un precio elevado en cuanto a salud mental y motivación, que básicamente es la chispa que enciende todo lo demás, especialmente, las acciones.
Poco a poco, nos derrotamos en nuestra cabeza mucho antes de que lo haga la realidad. La emoción inicial es apagada por el enorme poder de lo cotidiano, los resultados no llegan, todo cuesta demasiado y pronto somos unos robots haciendo por inercia, hasta que se agotan los fondos y colgamos el cartel de «cerrado».
Midiéndonos todo el rato respecto a una fantasía, no hay otro final posible que la derrota temprana.
A veces me han dicho que soy pesimista cuando expongo estos temas, pero no lo veo así, al contrario. En un juego con casi todas las papeletas para perder, los consuelos y fantasías solo sirven para hacer caminar a otros sin mirar por un sendero de agujeros y trampas.
Y de hecho, también es todo lo contrario del pesimismo porque, si has conseguido un cliente o tu primera venta, has hecho algo extremadamente difícil. Y eso es motivo de celebración, no de comparación con imposibles y mentiras.
Si has creado algo de la nada, aunque no se venda, es mucho más de lo que hará una mayoría que, ahora más que nunca, desperdicia su tiempo consumiendo y no creando.
Y si sigues sentándote a trabajar a pesar de todo en algo que has elegido, de nuevo estás haciendo algo que demuestra más tesón y disciplina que la de la mayoría de los que te rodean.