Hoy, algo personal que nunca he contado.

Hay un rasgo común que comparten todos los que operan a nivel de élite, no me importa si son emprendedores, deportistas, cirujanos, especialistas en cualquier cosa, militares…

Ese rasgo es olvidar el pasado.

Concretamente, los fallos anteriores, ya sea fracasando a la hora de levantar un negocio, tratando de conseguir un cliente o errando el tiro decisivo a canasta.

Es una habilidad fundamental porque el pasado pesa y bastante difícil es esto como para jugar con una mochila a cuestas.

La única manera de crear un futuro diferente

Como emprendedores, solemos tener en la cabeza un futuro diferente al actual, queremos conseguir algo que no hemos logrado, crear un producto que no existe, obtener unos resultados que hasta ahora no hemos obtenido…

Pero he aquí una de las cosas más importantes que he aprendido estos años.

Para conseguir ese nuevo futuro, debemos mandar a la mierda nuestro pasado.

Esto no es autoayuda barata, sino algo más que estudiado.

Si el deportista de élite se sigue lamentando por el tiro errado hace cinco minutos, influirá negativamente en la siguiente oportunidad que tenga y dudará, aumentando las probabilidades de un nuevo fallo.

Lo mismo ocurre en cualquier otro ámbito. El pasado y, especialmente los errores, pesan. Eso no significa que no se deba aprender de ellos, al contrario, significa que, una aprendida la lección hay que dejarlo ir, porque no avanzaremos bien con ese saco de piedras del que hablaba.

Y sí, como ocurre con lo importante, es mucho más fácil de decir que de hacer.

La predisposición y el trabajo

A la hora de ese «hacer», hay dos enfoques: el de hoja en blanco y la confrontación y cierre.

Hoja en blanco implica hacer borrón y cuenta nueva, empezar de nuevo, recordar que quien más marca es quien más lo intenta y, por tanto, quien más falla.

Hay gente que tiene una mayor predisposición mental a conseguir esto y esos operadores de élite suelen tenerla en mayor número.

Esto tiene mucho que ver con la autoestima, la confianza, el ambiente y la fisiología, además de una tendencia innata a rumiar las cosas.

Hay afortunados que están cableados de una forma en la que pueden pasar esa página fácilmente y comenzar a escribir el futuro en una hoja en blanco al siguiente minuto.

Los deportistas de élite suelen presentarla.

Pero también se puede construir.

No es rápido, pero con práctica y machacando a fuego esa noción de que quien más marca también es quien más falla (y que lo que se recuerda son los goles y no las veces que tiraste fuera), se puede ir construyendo esa mentalidad día a día.

Debemos darnos cuenta de que, en realidad, el pasado ya solo existe en nuestra imaginación la mayoría de las veces. Ese cliente que no conseguimos no va a aparecer en la siguiente reunión para evitar que otro firme el contrato, y la mayoría de errores que embrujan nuestra mente no importarán a los tres meses o dentro de un año, aunque hoy parezcan el fin del mundo.

Es importante recordar eso y también releer cada día la famosa cita de Michael Jordan como si fuera un mantra:

«He fallado más de 9,000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. En 26 ocasiones, confiaron en mí para lanzar el tiro ganador… y fallé. Una y otra vez he fracasado en mi vida. Por eso tengo éxito».

No es fácil, pero día tras día, podemos ir poniendo un ladrillo más en la construcción de esa mentalidad de élite.

La confrontación y cierre

Otra opción para trabajar esto es confrontar ese pasado y enterrarlo de una vez, porque si no, se convierte en un fantasma lastimero que se nos pega y nos lastra.

Este trabajo no es excluyente con lo anterior de trazar esa línea en la arena a partir de la cual empezamos desde cero, sino que lo complementa, especialmente, cuando algo resulta difícil de dejar atrás.

Esto es lo que nunca he contado. Un mentor mío me propuso, hace mucho, sacar a la luz y confrontar todos esos hechos que creía que me estaban lastrando.

Una de mis iniciativas por aquel entonces fue un desastre personal, aunque fuera bien en lo económico, y me influenció enormemente, causándome un trastorno de ansiedad. Me devoraba por dentro levantarme cada día, tuve que dejarlo por salud y me congelaba a la hora de intentar lo siguiente, porque tenía que ganarme la vida.

Temía caer en la misma trampa y la misma opresión en el pecho al tocar la tapa del portátil, temía por mi salud y mi cordura, por un infarto antes de los cuarenta.

A eso se unía que mi entorno nunca fue muy fan de lo emprendedor. Mi familia siempre inculcaba la aspiración a ser funcionario, mis amigos no entendían lo que hacía, o cómo podía haber dejado algo rentable tal y como estaban las cosas de complicadas (era la crisis de 2008).

Eso marca e influye, lo reconozcamos o no. Igualmente, otros temores y sucesos de ámbitos personales saltaban al profesional: el miedo al fracaso, el terror al no, a equivocarme…

Ese mentor me propuso pasar una tarde con todo eso en lugar de seguir huyendo, y escribir los sucesos pasados por los cuales pensaba que no podía conseguir éxitos futuros, junto a los miedos y todo lo que surgiera en ese ejercicio de escritura libre con una libreta barata y un boli BIC.

Articular por escrito los pensamientos nebulosos ayuda a aclarar muchas cosas y, de todos modos, aunque me pareció una idiotez, estaba dispuesto a cualquier cosa.

«Vale, lo haré, dije, ¿y luego?».

«Rómpelo con saña, dile adiós, tíralo a la basura o mándalo a la mierda bien lejos de la forma que quieras, pero destrúyelo».

No era una broma y yo fui el primero extrañado, pero pasé esa tarde con mis miedos y mi pasado, traté de atraparlos entre las líneas y escribí todo eso que yo mismo me negaba, sabiendo que nadie lo leería.

Y al terminar, arranqué las páginas, las hice mil trozos, las metí en un cuenco de cocina, puse el cuenco en la pila bajo el grifo por si acaso, eché un poco de alcohol, prendí con una cerilla y se consumió para siempre.

Le dije adiós con la mano, de hecho, y me da vergüenza escribir esto. Como me dio escribir aquello y darme cuenta de demasiadas cosas que no quería admitir, ni siquiera a mí mismo.

Entonces, cogí las cenizas, las eché por el retrete y tiré de la cadena. Antes de hacerlo, no sé por qué, saludé con el dedo de en medio.

Por supuesto, no se le ocurra encender fuegos de ninguna clase, no hace falta, basta con romper y tirar a la basura, no creo que haya símbolo más poderoso.

Y no es magia. Con eso no desapareció lo que siempre me había estado lastrándome, pero sí gané algo de alivio y un cierto poder que conseguí recuperar de vuelta.

No digo que le vaya a funcionar a todo el mundo, ni que estas dos formas sean las únicas de afrontar el pasado y ponerlo en su sitio. Cada persona es diferente, pero debemos tener claro que todos esos que operan a nivel élite comparten esa característica de ser capaces de olvidar los fracasos cuanto antes.

Tenemos que hacer lo que sea para ser como ellos.