La semana pasada vimos la guía de 5 minutos para el emprendedor perezoso, con lo que haría y cómo lo haría si tuviera que empezar de nuevo. Pero claro, aunque examinamos los tres sectores más recomendados en los que emprender (porque son los que nunca quiebran), la clave es:

¿Qué elijo de entre todas las opciones posibles para maximizar la probabilidad de que me vaya bien y gane dinero? Porque es de lo que se trata al final del día con un negocio.

Este es un tema que he comentado alguna otra vez y las respuestas no suelen ir en consonancia con lo que se suele recomendar por ahí.

Lo primero a no hacer

Bajo ningún concepto debemos seguir la premisa de dedicarnos a lo que nos apasiona o nos gusta. Eso no es garantía de absolutamente nada, excepto quizá de arruinar eso que tanto nos agrada a base de ligarlo a la necesidad de conseguir dinero a cambio.

No obstante, no me voy a meter en las elecciones de cada uno y, si lo que nos apasiona coincide con lo siguiente que vamos a ver, allá cada uno.

Mi premisa principal para decir esto es la de que la chorrada de que «si te dedicas a lo que amas, el dinero llegará tarde o temprano», es una tontería como un camión no basada en nada real, excepto en que suena bien.

Y todos sabemos cómo las emociones positivas venden, pero probablemente nos condenarán luego. Cuidado con las mentiras envueltas en palabras bonitas.

Dedicarse a aquello en lo que hay competencia

Ya sea que elijamos los mercados de la semana pasada o cualquier otro, nos encontraremos con competencia.

No pasa nada y mejor así, porque ya he comentado que esa es una buena señal, pues significa que es algo por lo que la gente está dispuesta a pagar.

Es innegable que esa virtud es un problema también debido a la dificultad de destacar, con lo que, sabiendo esto, llegamos a la conclusión final de a qué dedicarnos.

La posesión de una «ventaja injusta»

La clave es que, si tenemos que dedicarnos a algo, que sea aquello en lo que tenemos una ventaja tan grande, que parece incluso injusta para los demás.

O como nombré de pasada hace mucho tiempo, la noción de dedicarnos a aquello en lo que tengamos un superpoder. Porque con menos, en mercados con demanda y competencia, no conseguiremos nada.

De hecho, si de verdad tenemos tal ventaja o superpoder, tenemos resuelto hasta el tema del marketing, que basaremos en la demostración fehaciente de nuestra superioridad y los resultados que conseguimos con ella.

Ni frases, ni eslóganes ni anuncios de película: «Soy el mejor que es lo que dicen todos, pero yo te lo demuestro sin compromiso».

¿Problema? Que en realidad muy pocos emprendedores tienen ese superpoder, que no poseen ese rasgo, cualidad o método por el cual resuelven el problema del mercado de alguna manera mejor.

La mayoría ve dinero en un sitio y se dirige hacia allí porque él también quiere ese dinero pero, como mucho, se convierte en otro clon de la competencia sin ninguna habilidad especial.

Buena suerte queriendo que te paguen bien por eso.

De hecho, el de la ventaja injusta puede ser un buen criterio en general cuando un emprendedor se hace la fatídica pregunta de a qué se podría dedicar por su cuenta, en lugar de vender su tiempo a cambio de una nómina.

Y esta es la clave, no importa si lo que hacemos nos gusta o no, o si cambia el mundo o no. Mientras tengamos esa ventaja casi injusta sobre los demás, estarán dispuestos a pagarnos por ella, no importa si somos informáticos, economistas o fontaneros.

De hecho, volviendo a otra clave que suelo comentar, ese superpoder nos puede abrir las puertas del segmento de mercado más pudiente, que es el que deberíamos tratar de alcanzar en primer lugar para ir desahogados económicamente.